Han pasado algo más de cinco meses desde que se inició la pandemia en nuestro país, y la respuesta técnica del gobierno para reducir su impacto sobre la ciudadanía ha sido pobre. La primera apuesta fue contagio de rebaño, es decir se preocuparon de disponer de atención sanitaria para manejar contagios masivos y con ello generar inmunidad colectiva, el resultado fue desastroso. Posteriormente definieron cuarentenas parciales basados en información de la cota mil y consideraron que todo el país lo era. Cuando se dieron cuenta de que no era así, fue tarde: la región metropolitana ha sido la conurbación mundial más grande que ha pasado por una cuarentena tan prolongada. De las regiones, ni hablar, y como ejemplo basta mirar cerca: toda las decisiones se toman a nivel central. Para ellos, Arica, Concepción o Punta Arenas se tratan igual: no existen particularidades sociales, económicas ni culturales, son consideradas lo mismo, por ende se replica un modelo sin adecuarlo a sus singularidades... el resultado es un fracaso. Las autoridades regionales de gobierno son meros títeres que bailan al ritmo del titiritero central sin opinión, iniciativa, ni peso, y las autoridades comunales son considerados como enemigos, dado que, conociendo las realidades locales solicitan medidas que no están consideradas en el paquete central, lo que es asumido por quienes deciden como si fuera una herejía.
En este panorama de oídos sordos, de bajo nivel de comunicación, menores niveles de diálogo y de ocultismo de datos relevantes respecto de la actuación en emergencia, se encuentra el pueblo afectado por la pandemia, presentando un número de muertos en alza, hambre, inseguridad, desconocimiento, pérdida parcial o total de sus fuentes laborales y por supuesto, aún con todo, financiando la pandemia.
Desde el mes de marzo el gobierno ha aportado en materia de ayuda social y protección del empleo alrededor de US$ 5.000 millones, desglosados en aportes directos como ingreso familiar de emergencia 1 y 2, bono de apoyo al ingreso familiar, fondo solidario municipal, seguro al trabajador independiente y otros alrededor de US$ 2.000 millones, mientras a la pequeña, mediana y gran empresa ha destinado US$ 3.000 millones como garantía para créditos Fogape y exenciones como el impuesto de timbres y estampillas; en suma, aportes más o menos, ahí están los US$ 5.000 millones: el resto es préstamos, postergaciones de pago, condonaciones de multas e intereses, lo que no puede ser considerado aporte directo para paliar las consecuencias económicas de la emergencia.
En el intertanto, el pueblo ha realizado un aporte hasta el minuto de US$ 11.000 millones por medio del rescate del 10% de los fondos de pensiones. Dicha suma se incrementará en el corto plazo a valores de US$ 18.000 a 20.000 millones, y adicionalmente, por medio del seguro de cesantía lleva aportado alrededor de US$ 1.000, los que también aumentarán en el corto plazo.
Se nos ha dicho hasta el cansancio en el pasado que nuestro sistema económico dispone de “una economía sólida” y que las políticas gubernamentales son responsables respecto del gasto público, lo que nos permitía “mirar el futuro con tranquilidad”, dado que estaríamos preparados para emergencias, disponíamos de ahorro, y nuestra posición frente a los ojos de los mercaderes internacionales del dinero era esplendida, lo que permitía al país dar la imagen de poder “sortear dificultades”, siendo esta condición la que nos distinguía de los países latinoamericanos e incluso de algunos de la propia OCDE.
¿Qué nos pasó entonces? Ni más, ni menos que Octubre 2019, que junto a la pandemia, nos trajeron bruscamente a la realidad. Ella nos dice que el sistema socio-político-económico neoliberal nos ha llevado a un país de contrastes: unos pocos dueños del capital disponen de mucho y viven en su burbuja de beneficios y calidad de vida, mientras el grueso de la sociedad sobrevive con poco, soportando estructuras sociales de mala calidad y sin esperanza. Fue dicho contraste que quedó de manifiesto en Octubre pasado y que hoy nos muestra su cara real: las cifras macroeconómicas que nos presentaban como estandartes del triunfo del modelo no representan a nuestra sociedad, dado que favorecen a muy pocos, los dueños del capital, quienes las utilizan como varita mágica para controlar el destino de nuestra sociedad, utilizando sus redes de poder controlan a nuestra clase política y de gobierno circunstancial y la hacen partícipe de su burbuja de vida, lo que permite ignorar reclamos y presentar un espejismo de vida digna, como real. Mucho nos costó para imponer la realidad de nuestra sociedad por sobre el espejismo; el individualismo, la competencia y el endeudamiento nos ahogan y nos lo impedían. Sin embargo, la explotación y la miseria no se puede sostener eternamente. La verdad, al quedar al descubierto, nos mostró la desigualdad espantosa y el nivel de pobreza real, del pueblo real, aquel de la cota mil para abajo.
Fue entonces el pueblo quien quebró el espejismo de nuestra relación societaria en octubre pasado. La pandemia se encargó de evidenciar nuestras falencias estructurales y dejar de manifiesto que el sacrificio socio-económico recae también sobre nosotros. Ha llegado la hora de asumir la responsabilidad y hacer valer el poder constituyente que tiene el pueblo y que históricamente se le ha robado. Debemos activarnos para hacer del plebiscito la oportunidad de protagonizar nuestra historia: como primera acción debemos participar y entregar un apoyo rotundo al apruebo una nueva Constitución por medio de una Convención Constituyente. El segundo paso es presionar a la clase política para exigir una participación amplia de los independientes en la elección de los constituyentes futuros, lo que implica organización y trabajo conjunto, construcción de tejido social; posteriormente será el momento de apoyarnos para obtener una mayoría sustancial de miembros de la Convención que nos permita construir una Constitución donde el ser humano esté por sobre el capital, el nosotros por sobre el yo, y que sea la solidaridad el valor que se manifieste transversalmente en su articulado.
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